Dulce Niemeyer

Niemeyer blogCuando pensamos en la fusión de la gastronomía con la arquitectura, lo primero que se nos viene a la cabeza es el espacio que nos envuelve en un restaurante, especialmente en los últimos tiempos en los que proliferan los conocidos como “espacios  gastronómicos”, concebidos desde un principio como creaciones artísticas en las que los autores aspiran a exhibir su obra ante un público objetivo cuyos gustos pueden intuirse y a los que se pretende ofrecer, fundamentalmente, un entorno agradable.

Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera pensarse, la idea de fusionar espacio y gastronomía no es, en absoluto, un concepto moderno. Ya en la arquitectura griega y romana, los espacios de comida debían adaptarse a la costumbre de alimentarse en posición reclinada, siguiendo un precepto que dos milenios después, en 1881, William Morris plantearía en  su conferencia “The Prospects of Architecture in Civilization”, en la que aseguraba que: “La arquitectura abarca la consideración de todo ambiente físico que rodea la vida humana”.

Con el paso del tiempo, esta idea humanista de la arquitectura ha ampliado sus fronteras obligando a los profesionales a incorporar a su formación y su proceso creativo nuevas expresiones artísticas. Algunas de ellas, como el diseño interior o de mobiliario, siempre fueron disciplinas complementarias del concepto de espacio, pero otras, como el cine, la música, la moda o la publicidad, resultan fundamentales para que el arquitecto contemporáneo logre conectar con la persona, con el “ser” que no sólo será usuario de su espacio, sino espectador y experimentador de su obra, a la manera en la que alguien disfruta de un paisaje de la naturaleza.

Sin lugar a dudas, uno de los mejores representantes de este pensamiento fue el ya fallecido Óscar Niemeyer. La trayectoria profesional de este arquitecto brasileño –murió a los 104 años y trabajó hasta sus últimos días- transcurre de manera paralela a todos los avances técnicos y materiales de la creación de espacios del siglo XX. Brasilia, una ciudad entera, capital de su país, es el gran proyecto de su vida. Aunque la obra puede ser muy discutible a nivel urbanístico, desde la arquitectura, Brasilia sigue siendo un referente en la actualidad, sobre todo por uno de los grandes paradigmas de Niemeyer, la preferencia de la línea curva sobre la recta:

“No es el ángulo oblicuo el que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho todo el universo”.Dulce Niemeyer Choco Q

La apuesta de Niemeyer por las formas naturales no sólo se evidenció en la arquitectura. Siendo, como era, un gran amante de la cultura de su país, el arquitecto aplicó su dogma de la curva a otros elementos muy alejados de la praxis constructiva. Uno de los mejores ejemplos en este sentido lo encontramos en el diseño de la chocolatina “Q”. En colaboración con la prestigiosa chef Samantha Aquin (fundadora de Q Zero Chocolates), Niemeyer quiso poner en valor el cacao de Bahía, con el diseño de un producto de calidad inmejorable que huye, y esa es su gran apuesta, de la fórmula tradicional rectilínea de la tableta de chocolate.

Este es el propósito al que, a mi entender, debe aspirar el arquitecto moderno: incorporar lo “humano” y lo sensorial a cada una de sus obras, independientemente de que hablemos de una gran capital o de una simple y sabrosa chocolatina.

Artículo publicado en la Revista Gastronómica “Mesa Abierta” (Nº 5.  Mayo 2015)