Lugares para pecar

Kiosco bluefin plazaHace ya algunos meses, hablaba con mi compañero Chema Estévez de lo parecidos que son los restaurantes al “Infierno” de la Divina Comedia de Dante. Al igual que ocurre con los círculos de la obra del escritor italiano, un restaurante distribuye sus espacios siguiendo una norma poco conocida que relaciona cada elemento arquitectónico con uno de los pecados capitales.
Sin lugar a dudas, las mesas son el terreno del gran pecado del exceso: la gula. Frente a otros más propios del ámbito privado, la gula es un pecado que se puede practicar públicamente tres veces al día, vestido y sin sudar. Además, uno comienza a entrar en esa edad en la que la gastronomía se convierte en uno de los territorios en los que más aparece el verbo prohibir.

También en las mesas, tras pecar de lujuria –con carne o con pescado- suele aparecer el vicio de la pereza. A la pereza le gusta disfrazarse de virtud, razón por la que muchos la confunden con juntas directivas de empresas o desayunos de trabajo. Si la pereza se estira y aparecen las primeras copas, poco tardará en aterrizar la envidia. Promotora de pasiones y traiciones a partes iguales, la envidia conduce a rebajar al que gana, de manera que nos iguala en un extraño efecto democracia pecadora. Sin embargo, la envidia también puede ser, lejos del dogma religioso, un gran alimento: sin nadie a quien envidiar pocos escalarían en su ficticia carrera vital.

Eso sí, advertencia al canto, cuidado con la envidia que, normalmente, trae de la mano a sus primas la ira y la soberbia. Estos dos pecados son sanos si se conoce la receta de utilizarlos en el momento apropiado: la ira es un plato común en todos los menús de los libros de historia, es el pan de los que miran y se cansan de esperar, el alimento de las revoluciones y la culpable de que el mundo no pare de girar. La soberbia, por su parte, tiene una prensa horrible pero, ¿hay algo de malo en aspirar a ser reconocido por tus propios méritos? No iba demasiado desencaminado Mason Cooley cuando dijo que “la vanidad bien alimentada es benévola, una vanidad hambrienta es déspota”. 

Para pecar de avaricia hay que abandonar la mesa y acercarse a la caja registradora. Poderoso caballero don dinero…

Aunque esta reflexión sobre el pecado y los espacios gastronómicos pueda interpretarse como un pensamiento propio de la literatura o de otra expresión artística, para el equipo que dirijo en EVM es la base de nuestro proceso creativo. El alma que habita entre las paredes es tan o más importante que los cimientos sobre las que se levantan.  Para nosotros la inteligencia, el arte o la virtud –o los pecados- no dejan de ser parámetros del desarrollo y de la sabiduría del ser humano, y por tanto, nuestros proyectos aspiran a ser algo más que inteligentes, deben aspirar a ser sabios, es decir, una combinación equilibrada de dichos parámetros.

Artículo publicado en la Revista Gastronómica “Mesa Abierta” (Nº 4.  Abril 2015)